Documentos finales de Medellín

 

XI
"Sacerdotes"
  

I. Observaciones sobre la situación actual

Motivación

1. Los grandes cambios del mundo de hoy en América Latina afectan necesariamente a los presbíteros en su ministerio y en su vida.

Por ello los Obispos hemos querido reflexionar con el propósito de contribuir a orientar la renovación sacerdotal en esta hora compleja del continente.

Diversidad de situaciones concretas

2. Las consecuencias de los cambios no son las mismas en todos los países ni en todos los sectores de cada país. Afectan de un modo particular a las personas jóvenes y a los sacerdotes, que están comprometidos en los puntos claves de la presente situación de cambio.

Estas consecuencias se caracterizan de modo especial por la mayor valorización de algunos aspectos del ministerio y de la vida sacerdotal, y por el eclipse de otros.

En ambos casos se dan elementos positivos y negativos. La suma de ellos resulta más bien constructiva y generadora de esperanzas.

Lo cuantitativo y lo cualitativo en la distribución de los sacerdotes

3. Como causa global de la insuficiencia pastoral en América Latina mucho se trae a cuenta la escasez numérica de los presbíteros, más aún cuando se la pondera en relación con el crecimiento demográfico.

Esto es verdad, a pesar de la generosa integración de presbíteros de iglesias hermanas y a pesar de que no pocas familias religiosas procuran establecer fundaciones en zonas no suficientemente provistas de clero diocesano.

Reconocemos, con todo, que hay errores de orden distributivo que influyen en la calidad del trabajo pastoral:

  • a) Lo primero que hiere la vista es la excesiva acumulación de personal en las iglesias desarrolladas, y la ausencia de elementos en regiones necesitadas, en la misma nación y hasta en la misma diócesis o ciudad;
  • b) Hay Iglesias que abundan en clero parroquial, pero carecen de sujetos especializados. Hay regiones e Iglesias que se beneficiarían, si recibieran (siquiera temporalmente), la ayuda de sacerdotes especializados cuyos servicios no se aprovechan suficientemente.

Consideración de los carismas sacerdotales

4. El sacerdocio jerárquico es enriquecido ciertamente por la acción renovadora del Espíritu Santo, que provee siempre de carismas a su Iglesia.

Es, sin embargo, posible comprobar en este campo que los Superiores no siempre prestan la suficiente atención a la diferenciación carismática; lo que afecta negativamente a una mayor eficacia del ministerio sacerdotal.

Por otra parte, no faltan sacerdotes que confunden los dones del Espíritu Santo con simples inclinaciones naturales e intereses individuales, sin tener debidamente en cuenta las perspectivas de la comunidad, para cuyo servicio son otorgados los carismas.

Aspectos de crisis personal

5. Existe, ante todo, un peligro para la misma fe del presbítero de hoy.

Contribuye a ello todo un conjunto de elementos de especial complejidad.

Cabe señalar principalmente cierta superficialidad en la formación mental y una inseguridad doctrinal, ocasionadas tanto por el imperante relativismo ideológico y por cierta desorientación teológica, como por los actuales avances, sobre todo de las ciencias antropológicas y de las ciencias de la Revelación, de los que muchos presbíteros no poseen la necesaria información o no han llegado a tener una suficiente asimilación de síntesis.

Se percibe, además, en esta hora de transición, una creciente desconfianza en las estructuras históricas de la Iglesia, que llega, en algunos, al menosprecio de todo lo institucional, comprometiendo los mismos aspectos de institución divina.

Nos parece que este peligro para la fe es, en definitiva, el elemento más pernicioso para el presbítero de hoy.

6. El sacerdote de hoy siente la necesidad de una expresión más vivencial de su oración, de su ascesis y de su consagración.

La superación de la dicotomía entre la Iglesia y el Mundo y la necesidad de una mayor presencia de la fe en los valores temporales, exigen la adopción de nuevas formas de espiritualidad según las orientaciones del Vaticano II.

No pocos presbíteros, antes de asegurar un tránsito valedero a formas nuevas, se emancipan de lo tradicional con el riesgo de caer en un desastroso debilitamiento de su vida espiritual.

Este decaimiento de la espiritualidad es particularmente peligroso, porque el presbítero transfiere fácilmente su propia crisis a la comunidad en la que vive.

7. En relación con el celibato sacerdotal, un laudable ahondamiento en el valor afectivo de la persona humana y una exacerbación del erotismo en el medio ambiente, unidos al frecuente descuido de la vida espiritual y a otras causas, han abierto camino a nueva y variada problemática.

Unos apoyan sus argumentos en razones de tipo pastoral o sicológico, o aducen reflexiones teológicas que delimitan la distinción entre carisma y ministerio; mientras otros pretenden disminuir la fuerza misma del compromiso contraído en la consagración.

8. En el ministerio presbiterial es fácil advertir hoy una tensión entre las nuevas exigencias de la misión y cierto modo de ejercer la autoridad, que puede implicar una crisis de obediencia.

La conciencia más viva de la dignidad y responsabilidad de la persona, la mayor sensibilidad actual por el orden de los valores más bien que por el orden de las normas, la nueva concepción del ministerio jerárquico como estructura colegial, el sentido de la autoridad como servicio, la distinción entre la obediencia específica del religioso y la obediencia propia del presbítero, son rasgos de un nuevo clima muy positivo, pero portador de tensiones.

Si a ello se agregan los defectos inevitables de las personas, se comprenderá fácilmente la presencia de un conjunto de problemas delicados en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

En este orden de cosas cabe señalar, sobre todo, un peligroso ofuscamiento, en algunos, del valor del magisterio papal y episcopal, que puede conllevar no sólo una falta de obediencia, sino de fe.

9. También surgen dudas en lo que concierne a la propia vocación sacerdotal. Las motivan varios factores característicos de esta hora de renovación eclesial:

  • a) La creciente valoración del papel del laico en el desarrollo del mundo y de la Iglesia;
  • b) La discusión moderna sobre el papel y la figura del sacerdote en la sociedad;
  • c) La superficialidad con que se percibe y vive el propio sacerdocio, en servicios religiosos de rutina y en una forma de vida aburguesada.

10. Se da también una crisis en sacerdotes que por su edad y por la formación recibida se sienten como incapacitados para asumir los cambios de renovación promovidos por el Concilio.

11. Muchos sacerdotes lamentan que la revisión del régimen beneficial, lenta por su propia complejidad, mantenga aún a sus iglesias en lamentable penuria y demanden a cuantos serán afectados por las imprescindibles reformas administrativas, que faciliten la pronta aplicación de las indicaciones conciliares.

II. Elementos de reflexión pastoral

Sacerdocio de Cristo

12. En la Nueva Alianza, Cristo Jesús, Señor resucitado, es el único Sacerdote, Mediador siempre activo ante el Padre en favor de los hombres.

El ministerio jerárquico de la Iglesia, sacramento en la tierra de esta única mediación, hace que los sacerdotes actúen entre los hombres "in persona Christi".

A ellos también se aplica participativamente lo que Pablo VI dijera de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: "... no eres diafragma sino cauce; no eres obstáculo sino camino; no eres un profeta cualquiera, sino el intérprete único y necesario del misterio religioso... Tú eres el puente entre el reino de la tierra y el reino del cielo... Tú eres necesario, eres suficiente para nuestra salvación...".

13. En su sacerdocio Cristo ha unificado la triple función de Profeta, de Liturgo y de Pastor, estableciendo con ello una peculiar originalidad en el ministerio sacerdotal de su Iglesia.

Por eso los sacerdotes, aun dedicados a tareas ministeriales en las que se acentúa alguno de los aspectos de esta triple misión, ni deberán olvidar los otros, ni debilitar la intrínseca unidad de la acción total de su ministerio, porque el sacerdocio de Cristo es indivisible.

Comunión Jerárquica

14. En el Cuerpo místico de Cristo, los obispos y los presbíteros son consagrados por el sacramento del orden para ejercer el sacerdocio ministerial como un conjunto orgánico que manifiesta y hace presente a Cristo Cabeza. Los presbíteros, tanto diocesanos como religiosos, son incorporados a este conjunto orgánico para ser cooperadores del Orden episcopal.

De ahí se deduce, como consecuencia inevitable, la íntima unión de amistad, de amor, de preocupaciones, intereses y trabajos, entre obispos y presbíteros, de manera que no se pueda concebir un obispo desligado o ajeno a sus presbíteros, ni un presbítero alejado del ministerio de su obispo. Así todos los sacerdotes, vinculados entre sí por una verdadera "fraternidad sacramental", deben saber convivir y actuar unidos en la solidaridad de una misma consagración.

15. La adecuada co-responsabilidad entre obispos y presbíteros pide el ejercicio de un diálogo, en el que haya mutua libertad y comprensión tanto con respecto a los asuntos a tratar como a la manera de discutirlos.

Esto ayudará a comprender mejor la misión común del sacerdocio ministerial y aportará un clima nuevo, en el cual será más fácil superar ciertas tensiones de obediencia, por la búsqueda en comunión de la voluntad del Padre.

Comunidad eclesial

16. Los obispos, junto con los presbíteros, han recibido "el ministerio de la comunidad", por el cual deben dedicarse a edificar y a guiar la comunidad eclesial como signos e instrumentos de su unidad.

Los presbíteros actúan en la comunidad como miembros específicos que comparten con todo el Pueblo de Dios el mismo misterio y la misma y única misión salvadora.

En la comunidad los laicos, por su sacerdocio común, gozan del derecho y tienen el deber de aportar una indispensable colaboración a la acción pastoral. Por esto, es deber de los sacerdotes dialogar con ellos no de una manera ocasional, sino de modo constante e institucional.

Lo mismo dígase con respecto a las religiosas y a los religiosos no presbíteros.

Servicio del mundo

17. Todo sacerdote ministerial es tomado de entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios.

La consagración sacramental del orden sitúa al sacerdote en el mundo para el servicio de los hombres.

Es de particular importancia subrayar que la "consagración" sacerdotal es conferida por Cristo en orden a la "misión" de salvación del hombre.

Esto exige en todo sacerdote una especial solidaridad de servicio humano, que se exprese en una viva dimensión misionera, que le haga poner sus preocupaciones ministeriales al servicio del mundo con su grandioso devenir y con sus humillantes pecados; e implica también un contacto inteligente y constante con la realidad, de tal modo que su consagración resulte una manera especial de presencia en el mundo, más bien que una segregación de él.

18. El mundo latinoamericano se encuentra empeñado en un gigantesco esfuerzo por acelerar el proceso de desarrollo en el continente.

En esta tarea corresponde al sacerdote un papel específico e indispensable. él no es meramente un promotor del progreso humano.

Descubriendo el sentido de los valores temporales, deberá procurar conseguir la "síntesis del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios".

Para ello ha de procurar, por la palabra y la acción apostólica suya y de la comunidad eclesial, que todo el quehacer temporal adquiera su pleno sentido de liturgia espiritual, incorporándolo vitalmente en la celebración de la Eucaristía.

19. Para promover el desarrollo integral del hombre formará a los laicos y los animará a participar activamente con conciencia cristiana en la técnica y elaboración del progreso. Pero en el orden económico y social, y principalmente en el orden político, en donde se presentan diversas opciones concretas, al sacerdote como tal no le incumbe directamente la decisión, ni el liderazgo, ni tampoco la estructuración de soluciones.

III. Algunas conclusiones de orientación

Espiritualidad

20. La espiritualidad sacerdotal ha de ser una vivencia personal, intrínsecamente vinculada con su acción ministerial.

Entre todas las exigencias de esta espiritualidad ninguna es superior ni más necesaria que la de una profunda y permanente vida de fe.

Por ella el sacerdote debe hacer visible la perfecta unidad de Cristo con el Padre: "quien me ve a Mí, ve al Padre", y poder testificar con San Pablo: "sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo".

Importa, pues, ante todo, que el sacerdote sea el hombre de oración por antonomasia.

Un sacerdote cuya vida no fuere testimonio de este espíritu de fe, jamás podrá ser reconocido como digno ministro de Cristo, el Señor.

21. La caridad pastoral infundida por el sacramento del orden debe impulsar hoy a los sacerdotes a trabajar más que nunca por la unidad de los hombres, hasta dar la vida por ellos, como lo hiciera el Buen Pastor.

En el ejercicio de esta caridad que une al sacerdote íntimamente con la comunidad, se encontrará el equilibrio de la personalidad humana, hecha para el amor, y se redescubrirán las grandes riquezas contenidas en el carisma del celibato en toda su visión cristológica, eclesiológica, escatológica y pastoral.

Ministerio

22. Una clara consecuencia de la orientación conciliar es la superación de la uniformidad en la figura del presbítero; los sacerdotes "... ora ejerzan el ministerio parroquial o supraparroquial, ora se dediquen a la investigación o a la enseñanza, ora trabajen con sus manos compartiendo la suerte de los obreros mismos... ora, en fin, lleven a cabo otras obras apostólicas u ordenadas al apostolado", ejercerán su ministerio en consonancia con las exigencias pastorales de las diferencias carismáticas.

Es menester, sin embargo, recordar con respecto a los carismas, que corresponde a los que presiden la Iglesia juzgar de la autenticidad y ordenado ejercicio de tales dones. En este campo ha de tenerse en cuenta una planificación pastoral, para la mejor distribución de los sacerdotes, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo.

Dialogo y cooperación

23. En vistas de la comunión jerárquica del ministerio sacerdotal se sugiere asegurar en forma institucionalizada la adecuada co -responsabilidad de los presbíteros con el orden episcopal.

24. Tiene extraordinaria importancia dar vida a los "Consejos de Pastoral", que son innegablemente una de las instituciones más originales sugeridas por el Concilio y uno de los más eficientes instrumentos de la renovación de la Iglesia en su acción de Pastoral de conjunto.

25. Es contrario al profundo sentido de unidad del presbiterio el aislamiento en que viven tantos sacerdotes.

Para que pueda realmente compartirse la común responsabilidad sobre la Iglesia local, recomendamos vivamente que se fomente la vida de los equipos sacerdotales en sus diversas formas.

Establézcanse centros sacerdotales donde puedan reunirse en un ambiente fraternal y de frecuente contacto con el obispo, todos los presbíteros con miras a su perfeccionamiento personal.

Valores culturales

26. Es hoy urgente hacer posible la renovación cultural de los presbíteros proporcionándoles tiempo y medios adecuados.

En primer lugar, será necesario ayudarles a asimilar con profundidad las grandes orientaciones teológicas del Concilio y los principales progresos de las ciencias de la Revelación.

Junto con ello, es necesaria una mayor adaptación a todo el progreso humano; la misión del presbítero, en efecto, exige una cultura encarnada y dinámica, constantemente actualizada y profundizada, que no se reduzca a un mero cultivo intelectual, sino que abarque todo el sentido de la "humanitas", enriquecida con sus valores vividos sacerdotalmente.

Estilo y subsistencia

27. Una de las características indispensables de la espiritualidad sacerdotal, especialmente requerida por nuestra situación continental, es la pobreza evangélica.

Los presbíteros han de ser testigos del Reino, siendo pobres de corazón e imitando a Jesucristo, pero valorando y usando pastoralmente los bienes económicos en favor del Cristo pobre, que se hace cotidianamente presente en los necesitados.

La pobreza evangélica, que es vivida en la Iglesia de acuerdo a distintas vocaciones, tendrá que concretarse, para los presbíteros diocesanos, en un estilo de vida que les dé las posibilidades económicas que se adecúen a un ministerio de especial situación comunitaria.

Será preocupación de los obispos con su presbiterio, cuidar de la realización concreta de un sistema de sustentación de los presbíteros que, por una parte, evite toda apariencia de lucro en relación con lo sagrado y, por otra, distribuya equitativamente los ingresos diocesanos reunidos solidariamente por todas las parroquias.

En particular las Conferencias Episcopales deberán conseguir cuanto antes el funcionamiento de una adecuada previsión social para el clero.

IV. Saludo fraternal

A nuestros presbiteros

28. Los obispos nos sentimos unidos a todos los queridos hermanos que, en la serenidad y en la paz, vienen afrontando problemas e inquietudes que, ponen de relieve la riqueza de su amor a la Iglesia y a los hombres.

Unidos, trataremos de dar nuestra respuesta a los problemas del hombre actual. Reflexionaremos juntos apoyándonos en el don de Dios para discernir los signos de los tiempos. Encontraremos en el Evangelio la imagen más nítida de Cristo, el Señor.

Contamos con su ayuda para llevar a cabo este servicio en una Iglesia que acomete con gozo y confianza la tarea de conducir con Cristo, Pastor Eterno, los hombres todos a la casa del Padre.

Es de justicia, en particular, manifestar nuestro reconocimiento a todos los sacerdotes que, en un pasado remoto y próximo, vivieron, trabajaron y se entregaron por los pueblos de América Latina.

No podemos tampoco dejar de testimoniar nuestro íntimo reconocimiento a los numerosos sacerdotes y religiosos de iglesias hermanas que, dejando patria, tradiciones y amigos, han venido a sumarse a la tarea apostólica que solos no podríamos llenar.

A los que están en crisis

29. Nos dirigimos, además, a los queridos cooperadores que están padeciendo las angustias de muy variadas crisis después de años vividos en la fidelidad y la abnegación. Sabemos que su situación es fruto, a veces y en parte, de sinceridad y autenticidad. Exista entre nosotros una recíproca confianza, y a pesar de nuestras deficiencias y hasta posibles, aunque no intencionadas, fallas, crean con espíritu elevado que nosotros, somos también responsables de ellos ante el Padre, por disposición divina.

Permitan que les ayudemos y, en la convivencia con los hermanos presbíteros que viven y sufren en la viña del Señor, busquen amparo y solidaridad.

Por encima de todo, no se alejen del contacto íntimo y confiado con Cristo que no los considera siervos sino amigos, y sepan que por ellos oramos al Padre de las luces.

A los que se alejaron

30. A los presbíteros que, con consentimiento de la autoridad competente, o sin él como resultado de una crisis, que en última instancia sólo a Dios corresponde juzgar, se alejaron del ministerio, les decimos que los sabemos marcados con el sello del sacerdocio y que los respetamos como hermanos, amándolos como hijos.

Encontrarán siempre nuestro corazón abierto para prestarles ayuda, en la medida de nuestras posibilidades, para que, conservando o recuperando el vínculo visible de la unidad esencial en la Iglesia de Cristo, den testimonio del Reino para el cual fueron consagrados.

 

[Documentos finales de Medellín. Medellín: Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Septiembre de 1968. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez; para la presente edición digital se ha seguido la presentación de la edición en libro de Ediciones Paulinas.]
 

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© José Luis Gómez-Martínez
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